¿Y si nuestra conciencia fuera independiente del cerebro?

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[JUNIO 2025]

Mi camino emprendedor, que me acompaña hace más de 10 años, me ha llevado a viajar inmensamente por el mundo y con ello, he tenido la fortuna de conocer científicos y sabios de todos sus rincones. Conversaciones anónimas que se transformaron en propósito de vida. Todo esto fue la chispa, pero el combustible fue una profunda sensación de vacío, y la pandemia, actuando como libertadora de los yugos cotidianos, terminaron por generar incendio. De manera inexplicable, una pasión incontrolable por comprender nuestra propia conciencia se fue volviendo dueña de mi vida.

Toda la información estaba ahí, separada, dividida, como solemos hacer los seres humanos para estudiar las cosas. Pero nuestra manera de diseccionar el mundo suele causar el efecto del árbol que tapa el bosque. Cuando estás demasiado cerca no puedes observar el todo.

Por eso, como científico, me acerco para estudiar las cosas, pero con la experiencia he aprendido a no sacar conclusiones sin antes alejarme. Y luego de más de 5 años de investigación intensa, de estudio minucioso, de entrecruzamiento de datos entre disciplinas que no suelen tocarse, he llegado a conclusiones asombrosas sobre nuestra conciencia. Y mientras más me sumergía en la ciencia de la física cuántica, de la neurobiología, de la astrofísica, de la psicología y de la filosofía de la mente, más podía notar que por primera vez en la historia humana, ciencia y espiritualidad apuntan en la misma dirección. Y esa fue la materia prima del libro que acabo de escribir: Homo conscious, el ser humano consciente de su propia conciencia.

A lo largo de la historia, la humanidad ha etiquetado como “sobrenatural” aquello que la ciencia aún no lograba entender. En su momento, negamos la existencia de los microorganismos o de las ondas electromagnéticas. Estas limitaciones derivaron, en gran parte, del materialismo determinista que ha predominado en la ciencia. Ver para creer. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿qué sucede si lo que llamamos “espíritu”, en forma de conciencia pura, es en realidad parte del orden natural del universo? Esta idea resuena en la célebre frase de Nikola Tesla: “El día en que la ciencia comience a estudiar los fenómenos no físicos, progresará más en una década que en todos los siglos anteriores de su existencia.”

Durante mucho tiempo, la conciencia fue considerada únicamente un subproducto del cerebro. Sin embargo, descubrimientos recientes en áreas como las experiencias cercanas a la muerte, la estructura fractal de los microtúbulos neuronales, la conformación matemática del universo, el estudio del ego psicológico y neurobiológico, nuestros avances en astrofísica y las teorías de la física y biología cuántica, sugieren algo revolucionario: la conciencia es no-local. Esto significa que no está confinada al espacio-tiempo definido por Einstein, sino que puede existir de forma independiente al cuerpo y al cerebro. Curiosamente, esta idea se asemeja a lo que las antiguas tradiciones llamaban espíritu.

 

“Somos nuestra conciencia, y nuestro cuerpo y cerebro son herramientas que la conciencia utiliza para experimentar el mundo físico.”

Lo que en épocas pasadas pudo considerarse una creencia religiosa, ahora emerge como una posible afirmación científica, abriendo una pregunta fascinante: ¿cómo se conecta una conciencia independiente con el cerebro?

Si bien es cierto que nuestro cerebro puede procesar e integrar toda la información que nos llega de los sentidos, puede pensar, imaginar, y hasta producir nuestra experiencia de vida, no podemos explicar cómo experimentamos su creación. Esto es lo que se llama el “problema difícil de la conciencia”. Es decir, si bien sabemos cómo nuestros sentidos transforman las señales que nos llegan del mundo exterior en actividad electroquímica (EEG y neurotransmisores), no sabemos cómo se transforma esa actividad en la experiencia que sentimos. Punto crucial porque la ciencia sigue confundiendo la actividad cerebral con la experiencia.

Las experiencias cercanas a la muerte arrojaron luz en este proceso. Personas con electrocardiograma y electroencefalograma lineal (es decir con corazón y cerebro detenidos), podían tener recuerdos vívidos y observaciones extracorpóreas corroboradas por los profesionales que estaban realizando el proceso de resucitación. ¿Cómo puede haber experiencia sin cerebro activo? ¿Cómo puede haber visión sin ojos? La explicación lógica es que una parte de la conciencia es independiente del cuerpo y del cerebro.

¿Y por qué medimos señales cerebrales durante nuestra experiencia de vida? Aquí debemos separar la conciencia cerebral, que se encarga de preparar al cuerpo para la experiencia, de la conciencia independiente que es quien observa la experiencia. Por eso, ahora vamos a sumergirnos en una perspectiva profundamente transformadora: el cerebro como proyector y la mente como pantalla holográfica.

Imaginemos una sala de cine. El proyector está en la cabina, toma información codificada (una película) y la lanza en forma de luz hacia una pantalla. Pero la historia, las imágenes, los colores… no están en el proyector. El proyector solo traduce y lanza. Tú, el espectador, estás frente a la pantalla. Ahora sustituye:

 

La película: estímulos del mundo externo + actividad interna del cuerpo.


El proyector: el cerebro (procesador de señales, asociaciones, memoria, sentido del yo).


La pantalla: mente (lugar donde la información proyectada se organiza como experiencia).


El espectador: la conciencia independiente, que observa desde el silencio detrás de todo.

 

La “realidad” que experimentamos no está afuera, ni siquiera “en” el cerebro. Está en la mente, como una proyección interpretada por el cerebro y vivida por la conciencia.

Aquí entra el modelo holográfico, propuesto por científicos como Karl Pribram y David Bohm. Sugieren que la mente funciona como una pantalla donde el cerebro proyecta un modelo del mundo, construido por patrones de interferencia, como un holograma. Entonces, el cerebro decodifica esas señales (ondas electromagnéticas, vibraciones del aire, moléculas químicas, repulsión electrostática) y las proyecta como experiencia sensorial (colores, sonidos, sabores, olores, tacto) en la mente. La mente es donde el mundo se “siente real”, aunque sea una reconstrucción interna.

Y nuestra conciencia independiente, no es el proyector, ni la pantalla, ni la película. Es quien está sentada en la sala, mirando esa película, a veces olvidando que es una proyección. Por eso, cuando recuerdas es cuando despiertas según los maestros espirituales: Esto no es la realidad, yo soy quien la observa.

Desde la neurobiología, el ego es la creación psíquica que le permite al cerebro diferenciar entre la realidad y el observador de esta. Desde la psicología, el ego son los programas con los que interpretamos la realidad, a los cuales le llamamos personalidad. Son las máscaras en formato de nombre, nacionalidad, ideología política, etc. que le permite al actor vivir la experiencia como un determinado personaje. Pero el actor, el verdadero “yo” es la conciencia independiente. La que solo es silenciosa, presente y eterna.


por Dr. Alberto N. Ramos Vernieri

Es bioquímico con doctorado y postdoctorados en biotecnología e inmunología. Ex investigador de CONICET y profesor universitario, cofundó laboratorios de transferencia tecnológica y es CSO de Untech (EE. UU.), donde lidera proyectos premiados por MIT, Forbes y Singularity U. Asesora también a la UE en innovación científica.


Las otras voces

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[MAYO 2025]

En San Roque de Cumbaza, Tarapoto, Perú; a los pies de la Cordillera Escalera donde comienza un mar de selva amazónica, los ecos de las tendencias discursivas sobre psicodélicos, enteógenos, sustancias psicoactivas y política global de drogas no llegan. O, al menos, parecen no tener efecto.

Este vasto territorio indígena y mestizo está nutrido por una tradición que surca, entre tantos otros, los Ríos Amazonas, Napo, Ucayali, Madre de Dios, Cumbaza y Tigre. Atraviesan vastas extensiones y, en ellas, vive la memoria milenaria de los Awarunas, Ashaninkas, Shipibos Conibo, Quechuas, Achuar, Huitotos, Matsés, Ticunas, etc; y también, como es claro ver, la hija mestiza de esa gran memoria viva y latente que hoy conocemos como “vegetalismo amazónico” en lengua española.

Encontrarme aquí hoy, nuevamente pasando por el cuerpo de esta memoria, en el contexto de la complejidad que resulta hoy mirar a la política global de drogas, abre los pliegos y vacíos de voces ausentes en este debate global.

Desde hace algunas décadas los esfuerzos por mitigar el extractivismo psicodélico existente por el altísimo consumo global de enteógenos, viene tratando de dar respuesta a diferentes problemáticas asociadas: conservación de especies y territorio donde estas habitan, una regulación asertiva, derechos reconocidos y respetados sobre el patrimonio cultural de diferentes pueblos tradicionales, y la lucha contra la bioprospección desmedida y el desarrollo de economías recíprocas y razonables. Estos esfuerzos de construcción permanente son llevados adelante por pueblos indígenas, algunos organismos de Naciones Unidas, diferentes organizaciones no gubernamentales, algunos centros de investigación de universidades en diferentes partes del mundo, investigadores involucrados en la temática y también diversos activismos sociales.

Aun así el problema transversal de un mundo sumido en el consumo voraz, donde los intereses del mercado van en contraposición de estos esfuerzos, se traduce en una falta de respuesta que agrava una situación muy concreta: el inminente cambio climático, sus problemas derivados y el poco tiempo que hay para poder trabajar en soluciones reales. 

Pasan los años y lugares remotos como San Roque de Cumbaza, e incluso otros como las comunidades indígenas ribereñas del Río Ucayali, vienen experimentando grandes impactos y cambios en el territorio debido a la deforestación, la minería tanto legal como ilegal, y la expansión de la frontera agro. Hoy, además, debemos sumar el mercado voraz y desregulado de las plantas medicinales y enteogénicas.

 

Algunos mayores ayahuasqueros nos comentan que encontrar lianas de Ayahuasca, Chacruna, o plantas maestras de dieta como Ajo Sacha, Chiriq sanango, Ushpawasha sanango, Bobinzana, o árboles de dieta como la Lupuna, el Tamamuri, el Pan de árbol, entre otros, es cada vez más difícil, y que la situación se agrava y no parece aguardar un mejor futuro ante este panorama.

 

Sin embargo, hay otras voces no humanas que actúan en el corazón del problema y que el mundo parece no logra oír. Voces que se encuentran en estos pliegos y vacíos donde hay sentido que producir y es, quizás, el mayor aporte del vegetalismo amazónico: escuchar y aprender de la “voz” de las plantas y la naturaleza.  El ‘sama’,  conocida popularmente como dieta amazónica donde se trabaja con plantas maestras, es un conocimiento y una técnica dentro del vegetalismo que sirve para curar y aprender de las plantas que se dietan.

Este es un  verdadero -saber- interespecie, donde el ser humano puede aprender a autorregularse, y donde la presencia y voz de las plantas enseña a nuestra especie no solo cómo recuperar la salud, sino también cuál es nuestro lugar dentro de la naturaleza.

Este conocimiento milenario y ecológico no solo radica en los estados ampliados de conciencia o se centra en prácticas como las de la Ayahuasca, sino en una compleja trama vinculante entre mamíferos, plantas, territorio, y toda la complejidad que habita y comparte el espacio de vida en el territorio.

Es desde aquí donde la noción de biocultura se abre paso y se vuelve mucho más capilar y extensa en su alcance que los discursos hegemónicos de la política de drogas “global” que aún hoy no puede romper con su relación dialéctica de objeto-consumo, y que nos plantea una profundidad necesaria donde debe darse el complejo abordaje de la relación existente entre humano, cultura, y naturaleza.

 

Reflexionar sobre las diferentes medicinas tradicionales indígenas-mestizas en relación a sus culturas, historia, enteógenos, etc; necesariamente nos interpela en lo más profundo, en el hecho cultural que reproducimos y sobre nuestros propios paradigmas. Nos interpela de forma profunda al conducirnos al cuestionamiento no solo sobre los hechos culturales que reproducimos sino sobre nuestros propios paradigmas.

Contrario a la idea hegemónica cientificista que toma por fantasía o folklore el -saber- tradicional, este conocimiento milenariamente comprobado viene a disputar nuestro modo de vida por otro: uno no voraz, no subordinado a la lógica dialéctica objeto-consumo, donde la revitalización cultural puede ser parte, y donde el alcance transformador puede hacer pie entre los verdaderos problemas y conflictos que tenemos las sociedades actuales, y que son del orden de un cambio de paradigma en nuestra cultura verdaderamente profundo.

Sin el esfuerzo por trabajar en un verdadero diálogo de saberes de manera transcultural y transdisciplinaria, donde se pongan en relación los conocimientos ensamblados por diferentes culturas, no podremos complejizar la discusión en torno al debate de política de drogas global. En Latinoamérica reconocemos a nuestra Madre Tierra como sujeto de derechos, al igual que todas las plantas, hongos, animales, territorios, ríos, etc, y entendemos que el camino es mucho más amplio si queremos subsanar tanto prohibicionismo importado e impuesto. Sabemos que es mucho más amplio que regular sustancias. Comprendemos que se trata de la regulación entre diferentes culturas y sus diferentes necesidades y problemáticas, y que el camino está en comprender que lo que hacemos en una parte del mundo afecta en otra, entre modos de vida donde necesitamos preservar el conocimiento tradicional y los territorios que hacen a los mismos y sus culturas. No menos que eso, nunca menos.

Necesitamos ampliar los horizontes en la política de drogas global desde una visión latinoamericana, donde se configuren la multiplicidad de voces, tradiciones milenarias, y bioculturas a lo largo de los territorios, donde esta memoria milenaria siempre estuvo y es anterior a las articulaciones de la fiscalización internacional sobre drogas que tomó estos conocimientos y prácticas, y los ilegalizó minimizándolos hasta el punto de lo ridículo. 

Necesitamos defender nuestra soberanía en el conocimiento, nuestras bioculturas, nuestros derechos culturales, nuestros modos de vida, y poder discutir con seriedad, profundidad y con conocimiento sobre las problemáticas reales que hoy buscan resolverse: territorio y ecología.

Estamos a tiempo.

A los pies de la ceja de selva en la Cordillera Escalera, entre el murmullo de las otras voces, Isbelio Godoy


por Isbelio Godoy

Artista visual, referente de Medicina Tradicional Andina Amazónica, activista de la Medicina Tradicional Nativa. Investigador del Laboratorio de Estudios Interdisciplinarios sobre Cannabis, Enteógenos y Política de Drogas (LINCEpd) de la UnQui. 

@isbeliogodoy


Desplastificar la humanidad: crisis de salud, urgencia de sentido

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[ABRIL 2025]

Estamos asistiendo a un cambio de paradigma. Así lo demuestra el retorno al uso terapéutico de psicodélicos y enteógenos, las investigaciones científicas en salud en torno a estos y las incorporaciones en algunos centros de salud de tratamientos innovadores y hasta su legalización de alguno de ellos en determinados países. 

Los métodos para atender y curar la enfermedad desde la medicina alopática están quedando obsoletos. El sistema de salud está en jaque. 

Creo que es importante y necesario hablar de esto porque es urgente decirle no a la plastificación de la humanidad. A qué me refiero con esto:

A una humanidad domesticada, anestesiada, desensibilizada. Una humanidad que corre, produce, consume, pero ya no siente. Que vive de algoritmos, diagnósticos automáticos y vínculos cada vez más descartables. Que patologiza el dolor, cronifica el síntoma y medicaliza la angustia como si fueran errores del sistema en lugar de mensajes del alma.

La plastificación es la pérdida de lo vital. Es cuando el sufrimiento se convierte en un dato clínico y no en una experiencia humana. Es cuando el cuerpo deja de ser territorio de escucha para volverse objeto de intervención. Es cuando lo terapéutico se vacía de humanidad y se llena de protocolos.

Plastificar a la humanidad es negarle su complejidad, su contradicción, su ciclicidad, su derecho a sentirse mal sin ser considerado un problema.

Y esto lo vemos todos los días: en la forma en que se aborda la salud mental, en la medicalización de la infancia, en la exclusión de todo aquello que no entra en el modelo científico dominante.

“Sanar” no se trata de corregir un error ni volverse especial, es volverse real. Y ser real duele. Pero también libera.

Hoy la palabra “sanar” aparece en todos lados, como si fuera una mandato y hasta un producto más del mercado del bienestar. Se nos vende la sanación como performance espiritual. 

Sanar no es conquistar un estado elevado ni cumplir con un ideal de pureza emocional. Creo que sanar tiene que ver con devolverle al sufrimiento su dignidad. 

Y lo que necesitamos no siempre es un fármaco. A veces es un abrazo, una palabra verdadera, una ceremonia, una red de sostén. Necesitamos recuperar lo humano en lo terapéutico. Por esto estamos ante una crisis en la salud y en la salud mental, una crisis paradigmática. Hablar de psicodélicos, de enteógenos, de conciencia, de comunidad, de amor como fuerza terapéutica no es una moda: es un acto político.

 

¿Qué es un paradigma y por qué importa cuestionarlo?

Brevemente, es un “dicho matriz” que decide sobre nosotros, ya que es una forma de construir “LA” realidad y el lente a través del cual se la mira, pero que, por su misma naturaleza, no lo podemos vislumbrar como tal. 

En nuestro caso, nos enfocamos en el paradigma médico hegemónico asistencialista, el cual está obsoleto porque se centra en la enfermedad, como si no se tratara en realidad y, en todo caso, de “enfermos”. Es decir, personas que padecen dolencias o patologías. 

Este paradigma, además de ubicar todo el saber en el saber médico o de la ciencia médica, hace hincapié en los “problemas de salud” cuando en realidad los problemas son de enfermedad. Desde esta visión la salud está ubicada del lado del problema. La salud, entonces, es un problema a resolver y se piensa en la salud cuando ya está instalada la enfermedad. 

 

Por esto estamos ante una crisis en la salud y en la salud mental, una crisis paradigmática. Hablar de psicodélicos, de enteógenos, de conciencia, de comunidad, de amor como fuerza terapéutica no es una moda: es un acto político

 

Debemos detenernos en esto, ya que las palabras no son ingenuas. Cómo nombramos la realidad también hace a la construcción de esa realidad. 

En lo que respecta a la salud mental, la gente no tiene respuestas satisfactorias al padecimiento. Trabajando en el sistema de salud público hasta hace muy poco tiempo, puedo decir que tampoco se destinan suficientes recursos para dar otro tipo de respuesta que no sea la medicamentosa. Es decir, acallar el síntoma. Pero sabemos que lo que no entra por la puerta se mete por la ventana.

 

Tres olas, un mismo llamado

¿Qué nos quiere decir este regreso a los psicodélicos, o la llamada “tercera ola” que comienza a inicios del 2000? Para comprenderlo, es necesario mirar hacia atrás.

Brevemente, podemos decir que: la primera ola corresponde al uso ancestral y ceremonial de las llamadas plantas maestras por parte de pueblos originarios de distintas geografías. Estas medicinas eran —y siguen siendo— medios para cuidar la salud del alma y del vínculo con el entorno. Su uso no es recreativo ni individualista, sino profundamente relacional, animista y ritual.

La segunda ola se da a mediados del siglo XX, cuando psiquiatras, científicos y terapeutas occidentales comienzan a investigar el potencial terapéutico de sustancias psicoactivas. Estas investigaciones se combinaron con el auge del movimiento contracultural de los años 60. Sin embargo, en los años 70 Estados Unidos inicia la llamada guerra contra las drogas y con ella la etapa prohibicionista.

La tercera y actual ola, implica una recuperación crítica, ética y profesional del uso de psicodélicos en contextos terapéuticos, ceremoniales o de autoconocimiento. Y lo que vuelve no es una moda: es una respuesta a una crisis paradigmática. Frente a un modelo biomédico agotado, que medicaliza el sufrimiento y aísla al individuo de su contexto, emerge la necesidad de reconectar con lo esencial: el cuerpo, la naturaleza, el espíritu, los vínculos, la comunidad. 

Sin embargo, este regreso no está exento de riesgos, no es ingenuo ni despolitizado. Por eso, es necesario un abordaje ético, informado y consciente. Usar estas “llaves de la conciencia” implica no caer en el espejismo del marketing espiritual, ni convertir la experiencia psicodélica en turismo espiritual vacío. No se trata de acumular experiencias extraordinarias, sino de traducirlas en vida cotidiana, en relaciones más amorosas, en decisiones más coherentes, en una presencia más encarnada. La verdadera integración es vital, no escénica.

Tomando dimensión de esta crisis paradigmática, hoy no podemos seguir pensando “o ciencia o espiritualidad”, “o ciencia o chamanismo”; debemos dirigirnos hacia una mirada integral, no es “o” es “y”.

 

La tercera y actual ola, implica una recuperación crítica, ética y profesional del uso de psicodélicos en contextos terapéuticos, ceremoniales o de autoconocimiento.

 

Es urgente volver a mirar lo esencial en el ser humano porque es lo que nos sana, nos reconecta. 

 

La falta de amor como herida primaria

Recuerdo aún hoy, un día que estaba trabajando en la sala de internación del Servicio de Salud Mental del Hospital San José de Pergamino –en el que realicé mi residencia para la especialidad clínica y también me desempeñé como psicóloga de planta del área de adultos– Ese día fue pesado, había estado de guardia y luego de hacer varias entrevistas a los pacientes internados, escuchar relatos e historias de vida muy crudas y cargadas de hostilidad, llegué a la conclusión de que a fin de cuentas lo que enferma es la falta o ausencia de amor, traducida muchas veces en desamparo, desolación y múltiples formas de la violencia. Eso hace añicos el psiquismo de las personas, porque enajena, porque deja al sujeto en una posición absolutamente deshumanizante e indigna. Y me refiero aquí al amor no como un concepto romántico, sino como el pulso que nos enlaza y afirma en la vida. 

Hacer circular la palabra que aloja, una mirada compasiva, un gesto de ternura es muchas veces lo más reparador que podemos recibir. 

Volver a lo esencial también tiene que ver –y en realidad tiene todo que ver– con lo comunitario. ¿Por qué? Porque somos en esencia seres sociales, vinculares y la palabra es el vehículo del vínculo. Somos en vínculo y sanamos en vínculo. Es en el “entre” en el que la palabra tiene lugar y donde a través del amor podemos sanarnos, ya que el amor implica sublimar nuestros impulsos primarios y fuerzas destructivas en pos de dirigirlos hacia fines más elevados. Es  allí donde entran los cuidados, la empatía, hasta el conocimiento y el arte.

Entonces, si podemos recuperar esa condición comunitaria, podemos ayudarnos a vivir mejor. Y esta no es una idea “new age”. Se trata, nada más ni nada menos, que de nuestra dignidad. De rescatar un valor tan humano como la compasión. 

Creo que la sabiduría ancestral, la sabiduría de la tierra y de la naturaleza, con la que las comunidades y pueblos originarios estuvieron siempre en contacto, nos puede ayudar a recuperarnos y recuperar esos valores para sanarnos y promover bienestar con responsabilidad y autonomía. Es decir, con responsabilidad subjetiva y colectiva.

Esto claramente implica un cambio, una transformación en nuestra Conciencia. Y aquí también radica lo maravilloso de las medicinas de la tierra, porque justamente nos ayudan a despertar conciencia, ver más allá de lo que los paradigmas y mandatos sociales nos dicen que “es” la realidad. Pero el trabajo de mirarnos como individuos y como comunidad es una responsabilidad intransferible e insondable que no se la podemos dejar a cuentas de los psicodélicos y enteógenos. Debemos ser sujetos activos para ser soberanos.


por Daiana Dell Amico
Psicóloga, especialista en Clínica de adultos. Acompaña procesos integradores que une psicoanálisis, psicología transpersonal y medicinas ancestrales”.
@daianadellamico.psi


Fenómenos alucinatorios durante estados ampliados de conciencia vs. episodios psicóticos agudos: un estudio comparativo

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[MARZO 2025]

El estudio de las alucinaciones, tanto en el uso de psicodélicos como en trastornos como la esquizofrenia, revela la capacidad del cerebro para interpretar y modificar la percepción y la predicción de la realidad de manera compleja. Una revisión llevada a cabo por el International Consortium for Hallucination Research (ICHR) analiza tanto las similitudes como las diferencias entre las alucinaciones inducidas por psicodélicos y aquellas que experimentan individuos con esquizofrenia durante un episodio psicótico agudo (EPA), resaltando los mecanismos neurológicos implicados en ambos fenómenos.

Los psicodélicos, como el LSD y la psilocibina, interactúan con el sistema serotoninérgico, especialmente con los receptores 5-HT2A, generando una amplia variedad de alucinaciones visuales que van desde patrones geométricos hasta escenas complejas. En contraste, en los EPA, se asocia a menudo un exceso de dopamina en la vía mesolímbica, lo que resulta en alucinaciones auditivas complejas y persistentes que pueden ser extremadamente perturbadoras y, en algunos casos, poner al individuo en riesgo tanto a sí mismo como a terceros.

Una distinción crucial entre estas experiencias es la fenomenología de las alucinaciones: predominantemente visuales y menos intrusivas bajo el efecto de los psicodélicos, en comparación con las auditivas y frecuentemente perturbadoras en la esquizofrenia.

 

Desde el punto de vista neurobiológico, se ha observado que los EPA implican una hiperactividad en el complejo hipocampal y un funcionamiento errático de la red neuronal por defecto o DMN (por sus siglas en inglés), mientras que los psicodélicos pueden incrementar la actividad en el córtex visual primario y modificar la DMN, resultando en una percepción distorsionada pero significativa del yo y la realidad.

 

Este estudio subraya que, mientras las alucinaciones inducidas por psicodélicos son generalmente de corta duración y vinculadas directamente al efecto de la sustancia, aquellas experimentadas por individuos cursando un EPA pueden ser persistentes y recurrentes, integrándose de manera más profunda y a menudo negativa en la vida diaria del sujeto.

 

Estas diferencias tienen implicaciones terapéuticas profundas. Los psicodélicos se están investigando como tratamientos potenciales para afecciones psiquiátricas como la depresión resistente al tratamiento. El modelo ACE, fundamentado en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), podría estructurar las sesiones terapéuticas con psilocibina para facilitar una integración de la experiencia que puede mejorar significativamente el bienestar del paciente, aunque se están investigando otros modelos.

 

Este análisis multidisciplinario sobre los fenómenos presentados durante el uso de psicodélicos no solo revela la necesidad de profundizar nuestro entendimiento de los estados ampliados de conciencia, sino que también enfatiza el lenguaje de los psicodélicos como herramientas de investigación y tratamiento en la psiquiatría. La visión tradicional de la psiquiatría, que ha categorizado los estados alterados de conciencia inducidos por psicodélicos como simples psicosis tóxicas, está siendo repensada. Al integrar enfoques desde la psicología clínica, las neurociencias y la antropología, estamos no solo cuestionando viejos paradigmas, sino también abriendo puertas a nuevas estrategias terapéuticas que podrían transformar significativamente el tratamiento de muchos trastornos mentales.

 

*Leptourgos, P., Fortier-Davy, M., Carhart-Harris, R., Corlett, P. R., Dupuis, D., Halberstadt, A. L., … & Jardri, R. (2020). Hallucinations under psychedelics and in the schizophrenia spectrum: an interdisciplinary and multiscale comparison. Schizophrenia Bulletin, 46(6), 1396-1408.


por Antonio Catsigyanis
Médico Psiquiatra (UBA), divulgador, especialista en cannabis y psicodélicos.


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